Opinión | Al lío

Subdirector de Faro de Vigo
«IA, ponme 150 de mortadela»

Un AGV moviendo componentes dentro de las instalaciones de Stellantis Vigo / A. Amoedo
Aún recuerda mi padre (84 años) la llegada de los primeros robots industriales a la antigua Citroën, en esos años ochenta en los que nací. Confiesa que fue una conmoción: máquinas capaces de hacer el trabajo de varios obreros sin descanso, sin quejarse. ¡Lo que hay que ver! Era el inicio de la famosa automatización, que hoy alcanza cotas impensables hace cuarenta años y que, con la IA, todavía tiene un trecho enorme por delante.
Me imagino la cara que pondría si se diese ahora una vuelta por las líneas de montaje de Balaídos, con legiones de AGV (vehículos de guiado automático) deambulando por ahí, como Roombas que llevan y traen componentes; cámaras de visión artificial, sistemas de realidad aumentada y cobots (robots colaborativos) trabajando codo con codo con las personas. De sorpresa, seguro.
No sé cuántos autómatas puede haber hoy en la factoría de O Fragoso. ¿Tantos como trabajadores? Igual me quedo corto. Hace veinte años rondaban los dos mil.
Pero esto de la automatización va mucho más allá de la industria, como bien nos ha contado Carlos Ponce, recién llegado de vacaciones y con la mente fresca. Basta con acudir al supermercado o al cine para comprobar que los puestos de atención presencial brillan por su ausencia. Vamos, que poco falta para que le pidamos a la IA que nos corte 150 gramos de mortadela, porque se ve que, en ese afán por ahorrar costes y acelerar las compras, los charcuteros —como los periodistas— somos una especie en vías de extinción.
Ya lo hemos visto con otras profesiones y negocios. ¿Alguien recuerda la última vez que pisó un videoclub? ¿O que pagó un peaje y habló del tiempo con la encargada de la cabina? ¿O que paró a repostar en plena autopista y pidió al gasolinero «50 euros de diésel»? Lo mismo ocurre con la banca, los servicios de atención al cliente… Máquinas haciendo el trabajo de personas.
Lo que me pregunto es hacia dónde vamos. Por una parte, todo el mundo coincide en la importancia del trato humano —si hay alguien que crea lo contrario, que tire la primera piedra—, en la necesidad de relacionarnos como animales sociales que somos, en los peligros de no sacar la vista de las pantallas, etc. Pero, por otra, no hay empresa que no apueste por la automatización para acelerar procesos, ahorrar costes y mejorar su cuenta de resultados. Tal vez por pura supervivencia, porque es la única manera de competir.
Un robot puede soldar una pieza mil veces con idéntica precisión. Una cámara de visión artificial puede detectar un defecto que el ojo humano no ve. Una IA puede contestar en segundos a una pregunta que antes nos llevaba horas. Pero todavía hay cosas difíciles de automatizar: escuchar de verdad, entender un matiz, consolar a alguien, improvisar una conversación, contar un chiste malo en el momento justo o simplemente preguntar «¿qué tal los niños?» y esperar la respuesta.
Mi padre seguramente se llevaría otra conmoción si volviese hoy a Balaídos. Aunque, puestos a imaginar, quizá lo que más le sorprendería no serían los robots, sino que cuarenta años después sigamos preguntándonos lo mismo: qué hacemos con todo lo que las máquinas nos permiten dejar de hacer.
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