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Opinión

Francisco J. Guitián Lema

Francisco J. Guitián Lema

Traumatólogo vigués, especialista en cirugía ortopédica

Pagar al cirujano por el reloj de otros

Quirófano en el Complejo Hospitalario Universitario de Ourense.

Quirófano en el Complejo Hospitalario Universitario de Ourense. / Iñaki Osorio

La Consellería de Sanidade ha hecho públicas las nuevas condiciones de la «jornada deslizada», la modalidad mejor pagada de la actividad quirúrgica extraordinaria: 450 euros por una jornada de tarde. La cifra viaja en negrita y las condiciones en letra pequeña. Los cirujanos tenemos la costumbre de leer con lupa todo lo que sangra, y este documento sangra por varios sitios. Quien busque la firma de algún sindicato médico al pie haría bien en buscar con calma: si apareciera, sería, como poco, sorprendente.

La jornada deslizada nació para algo sensato: que una cirugía compleja empezada por la mañana no tuviera que interrumpirse a las tres de la tarde. Era la herramienta de la cirugía larga, la oncológica, la robótica. La que no admite pausas.

El Sergas la ha convertido ahora en una maratón de once horas con cronómetro, a la que solo se accede si se cumplen condiciones que el cirujano no controla. Para cobrar, debe empezar a operar antes de las 8:30 y seguir en el bloque quirúrgico hasta las 19:30. En ese tiempo, los registros informáticos tienen que acreditar un mínimo de nueve horas de tempo efectivo cirúrxico. El documento no aclara si eso significa con las manos dentro del paciente o con el paciente dentro del quirófano, pero da igual, como enseguida veremos. El descanso personal, comida y visitas al baño incluidas, no puede pasar de 45 minutos. La planificación prequirúrgica no cuenta, y cada especialidad tendrá además un mínimo de intervenciones.

La aritmética no necesita calculadora. Once horas, menos 45 minutos de descanso, menos nueve de cirugía efectiva, dejan 75 minutos para todo lo demás. Una jornada de prótesis de rodilla o de cadera con cinco pacientes tiene cuatro cambios de quirófano: menos de veinte minutos por cambio. Y si el reloj solo corre de la incisión al cierre, en esos mismos 75 minutos tienen que caber además cinco anestesias, cinco colocaciones y cinco despertares. Cualquiera que haya pisado un bloque quirúrgico sabe que eso no es un objetivo exigente. Es una ficción contable.

Cabe preguntarse si la Consellería sabe de quién es ese reloj. El cirujano no abre el quirófano: es el último eslabón de una cadena. El celador trae al paciente. La enfermería comprueba identidad, consentimiento y material. La anestesia tiene sus tiempos, que no admiten prisa. Entre una cirugía y la siguiente, la secuencia se repite. El anestesista despierta al paciente y los celadores lo retiran. Auxiliares y enfermería recogen el instrumental, y el personal de limpieza deja el quirófano en condiciones. Enfermería monta la siguiente intervención con su material específico, los celadores traen al siguiente paciente y la anestesia vuelve a empezar. Son seis pasos y cinco colectivos, y ninguno depende del cirujano. Mientras tanto, él redacta el protocolo quirúrgico, firma las órdenes de tratamiento e informa a la familia. Es trabajo obligatorio que el cronómetro no reconoce porque no es «efectivo». Para la Consellería, simplemente no existe.

En cualquier organización seria, quien responde de un resultado controla las variables que lo producen. Pagar a uno por lo que rinden cinco tiene un nombre: responsabilidad sin autoridad. Si el primer paciente entra en quirófano a las 8:31 porque faltaba un celador, el cirujano operará igual toda la jornada y no cobrará el suplemento. ¿Se exige lo mismo al resto de la cadena? El texto publicado no lo dice. Por eso sería tan sorprendente que un sindicato médico lo firmara: supondría aceptar que el cirujano cobre según lo que marque el reloj de otros.

La paradoja alcanza a la tecnología. La propia noticia recuerda que esta modalidad era habitual en cirugía robótica, con Da Vinci o Mako. La Xunta lleva invertidos 62 millones de euros en robots quirúrgicos y los exhibe en cada inauguración. Con razón: es una tecnología magnífica. Pero la cirugía robótica exige preparación: calibrar, registrar la anatomía y vestir el brazo del robot. La nueva norma penaliza justo el tiempo que esos equipos necesitan. Compran el violín de Cremona y luego multan al violinista por afinarlo.

Luego está lo que nadie se molesta en hacer: dividir el precio entre las horas. La jornada ordinaria del Sergas dura siete horas, de 8:00 a 15:00. Los 450 euros pagan, por tanto, cuatro horas y media de más: unos cien euros brutos la hora, que Hacienda deja en poco más de la mitad. En Castilla y León se pagan esos mismos 450 euros por una tarde de cuatro horas, de 16:00 a 20:00, lo que sale a 112 euros la hora, y sin cronómetro. En mayo, la Consellería se comprometió a crear un grupo de trabajo para reordenar la actividad de tarde y a aprobar una regulación «común y homogénea». Homogénea lo es: homogéneamente imposible.

Y queda la seguridad, que nadie parece haber tenido en cuenta. En un quirófano, la prisa no es productividad: es riesgo. El listado de verificación quirúrgica de la OMS, con sus tres pausas, y el recuento de gasas consumen minutos, y ahora esos minutos salen de una bolsa de 75. Un sistema que premia acortar los cambios empuja a acortar los controles. No es mala fe: es factor humano. Lo estamos viendo estos días en Urda, donde los controladores de Adif denuncian que se les presionaba para que ningún tren estuviera parado, y la Guardia Civil investiga si esa presión elevó el riesgo de error humano. Cuando llegue la complicación, y en cirugía siempre llega alguna, ningún juez preguntará si ese día el cirujano cobró la jornada deslizada. Preguntará si se hizo todo lo que había que hacer. Lo digo con conocimiento de causa: llevo años escribiendo esas respuestas en informes periciales que acaban sobre la mesa de un juez.

Al Sergas se le ha olvidado lo fácil que es que este plan fracase. La peonada, deslizada o no, es voluntaria. No hace falta convocar ninguna huelga ni firmar ningún manifiesto: basta con que cada cirujano haga la cuenta de los 75 minutos y decida irse a casa a las tres. Un plan que depende de la voluntad de quien perjudica debería tener el fracaso garantizado. Si no lo tiene, es porque el Sergas cuenta con algo que no figura en el documento: que el médico necesita ese complemento. Lo necesita porque su sueldo es bajo; la propia Consellería se comprometió en mayo a acercarlo al de la OCDE. Y quien lo necesita acaba tragando con lo que le pongan.

Aun así, las cuentas no salen. El primer semestre se cerró con un 14% menos de cirugías y veinte días más de espera, y esta norma no está hecha para invertir esa tendencia. El Sergas no ha regulado la peonada: la ha desincentivado. Si quiere más cirugía, que mida el bloque quirúrgico como lo que es, un equipo, y que pague al equipo que cumpla. Lo que ha publicado es otra cosa: un cronómetro colgado del cuello de quien no controla las manecillas. Así no se acortan las listas de espera. Así solo se consigue que, a las 8:29, el cirujano mire la puerta del quirófano rezando por que llegue el celador.

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