Opinión | 'THE OTHER CLUB'
La política económica española necesita recuperar la capacidad de consumo y ahorro de los trabajadores para frenar el populismo

. / CHATGPT
Si en lugar de ganar las elecciones excitando nuestras más bajas pasiones, la clase política se empeñara en solucionar nuestros problemas, el gran debate de la próxima campaña electoral debería girar en torno a qué recetas proponen los partidos para recuperar a la clase media, en España y en el conjunto de la UE. La polarización ha dado alas estos años a los populismos que no confían en la clase media porque no les renta electoralmente. La ultraizquierda lo fía todo al Estado, aparentemente para distribuir mejor la riqueza, pero, en realidad, para repartirla ellos. De manera que no les conviene que la gente deje de estar subsidiada. La ultraderecha quiere todo lo contrario: lo fía todo al mercado, eliminando los derechos para que la gente quede en manos únicamente de sus empleadores. Estas ideas, que entre 1945 y 1989 pareció que quedaban desterradas en Europa occidental, han reverdecido a raíz de la manera como salimos de la crisis financiera del 2008. Más por cómo lo explicamos que por cómo lo hicimos. No es cierto que los excesos con la deuda los pagaran solo los hipotecados. Hubo bancos que se arruinaron y sus propietarios lo perdieron casi todo, que era mucho, y eran pocos. Pero algunos deudores lo perdieron absolutamente todo, y eran muchos más. Unos y otros quedaron en manos de los populismos. La pandemia, Ucrania y Ormuz no han hecho más que acentuar esta dinámica al inocular el virus maléfico de la inflación.
El tema es qué impuestos
En este contexto, la polarización nos arrastra a una dinámica autodestructiva. La ultraderecha vuelve a los tiempos anteriores a Keynes y ofrece como solución mágica la eliminación de los impuestos, o sea, del Estado, y pone el ojo en los chiringuitos, que los hay, pero que no dejan de ser el clembuterol del sector público. La ultraizquierda pone el ojo en la propiedad y, en un tema tan nuclear como el de la vivienda, aprovecha la antipatía que generan los fondos especulativos para arrebatar a los restos de la clase media la propiedad de los pisos en los que pusieron sus ahorros. El gran éxito de Europa ha sido, es y será un modelo basado en el equilibrio entre una fiscalidad justa y un mercado con reglas claras. Eso que Salvador Illa ha etiquetado como la «prosperidad compartida». De manera que el tema nuclear no es si hay que tener impuestos, sino cuáles resultan más productivos y eficientes. Miremos lo que ha pasado con los costes laborales. Las empresas gastan ahora un 5% más que hace tres años en este capítulo, pero a los trabajadores solo les ha llegado un 1%. Esta situación alienta a los populismos de derecha y de izquierda porque encona las relaciones entre empresarios y trabajadores hasta el punto de convocar una huelga general nihilista, no se sabe contra qué ni contra quién. Cabalga sobre un enfado que tiene causas justas, pero expresiones equivocadas. Si el 5% de más que gastan las empresas en el capítulo laboral hubiera llegado a los trabajadores, los salarios habrían crecido y habrían podido consumir más o ahorrar. Y ambas cosas habrían generado un incremento de la recaudación. Pero, claro, si eso hubiera pasado, la vicepresidenta Yolanda Díaz no habría podido hacerse la simpática multiplicando los subsidios y las prestaciones sin cargo a los impuestos, sino a las cuotas de empresarios y trabajadores. Si, además, el gobierno de Pedro Sánchez no hubiera incrementado, sin pasar por el Congreso, un 3% anual el IRPF en los últimos 6 años en lugar de deflactar los tipos como le pidió en su momento Ximo Puig, nada sospechoso de ultraderechista, entonces el acceso a la vivienda sería menos problema. Retener parte de las rentas del capital que se destinan a los trabajadores para hacer populismo desde el Estado lo único que consigue es reducir la masa monetaria disponible, detraer el consumo y la inversión y, por tanto, repartir peor la riqueza, sobre todo, en relación al esfuerzo individual que es lo que cabrea a los jóvenes que harán huelga el miércoles.
Lo que acaba con Trump
Donald Trump prometió a la clase media norteamericana que acabaría con el modelo de globalización que la había debilitado. Menos impuestos, porque Estados Unidos dejaría de pagar la defensa europea, los grandes proyectos de cooperación internacional y las guerras que no se acaban nunca. Esa propuesta no ha sido la solución. Los trumpistas están fastidiados. Pero los antitrumpistas no deben lanzar las campanas al vuelo porque se retroalimentan, y si uno pierde fuelle, el otro también. A la clase media le conviene que en las elecciones se imponga el PP clásico y que en el PSOE la renovación pase por perfiles como el de Carlos Cuerpo en lugar de Óscar Puente. Si los electores se fijan más en el pósito del mantenimiento de la alta velocidad que en la erupción de las inauguraciones, España se puede regenerar. Pero eso es imposible sin recuperar a la clase media.
Suscríbete para seguir leyendo
Fuente: El Periódico
- La flota de arrastre carga contra Greenpeace tras verter rocas al mar para impedir su actividad: «No pueden poner en riesgo la vida de los pescadores»
- La Alta Velocidad del Eje Atlántico echa el freno en su puente más famoso: Adif limita a 30 km/h el viaducto de Catoira por obras
- China pone el lazo a su segundo megacrucero: el «Adora Flora City», de 341 metros, es entregado por el astillero Shanghai Waigaoqiao Shipbuilding
- Concello de Cangas y dueños de una finca a expropiar plasman su desacuerdo en la firma del acta para un transformador en Coiro
- El vino llena San Martiño de vida
- La selección española desembarca en Vigo
- En prisión provisional en Suecia el CEO de la minera ourensana de wolframio, Eurobattery Minerals
- La sequía provoca la caída de la venta de paraguas, mientras se dispara el interés en los de protección para el sol
