Opinión
Votar, antídoto contra la demagogia
Vivimos en un presente acelerado y saturado de estímulos que confunden la cantidad de información con la verdad. Atrapados en una progresiva infantilización de la vida pública, y tal como advirtió Denis Diderot hace trescientos años, engullimos con facilidad la mentira que nos halaga y evitamos a sorbos la verdad que nos amarga. En palabras de Hannah Arendt, filósofa alemana, esta deriva busca destruir nuestra capacidad de discernir para someternos al imperio del engaño. Paradojas: los antisistema se alimentan del sistema que tratan de destruir, en lo ideológico y en lo político, y superan con ello el no por el no de los nacionalismos radicales.
Frente al ruido de una sociedad que exige respuestas inmediatas y nos somete a una manipulación maniquea constante de poderes indeterminados —económicos, sociales, mafiosos, etc.—, la verdad no debe depender de quién la proclama, sino de los hechos que la sostienen. Exige formación, criterio para discernir, memoria para no olvidar, honestidad para reconocer los errores y la valentía de cambiar de opinión cuando la realidad nos contradice.
Existe también una verdad cotidiana que se construye en el trato con los demás: en la palabra cumplida, en la coherencia entre lo que decimos y hacemos, en la escucha sincera y en el respeto a quien piensa diferente. Una verdad que no necesita gritar para imponerse, porque encuentra su fuerza en la consistencia de los hechos y en la dignidad de las personas.
Esta exigencia cobra especial relevancia en tiempos electorales. Como recordaba el escritor y político checo Václav Havel, la política no puede ser un mero ejercicio de cálculo, intrigas, acuerdos secretos o marketing partidista; ha de ser el arte de lo imposible, es decir, el deseo de contribuir al bien común y de transformar la realidad para bien. La verdadera altura institucional se mide por la capacidad de ofrecer un proyecto estratégico de Estado que trascienda los ciclos de votación.
Cuestiones capitales como la igualdad, la educación, la sanidad, la cohesión social, la sostenibilidad, la seguridad —también las infraestructuras de transporte—, la paz o las oportunidades para las nuevas generaciones exigen visión a largo plazo, diálogo y acuerdos transversales. No se trata de renunciar a las legítimas diferencias, sino de anteponer el interés general a cualquier ambición particular o partidista.
Sin verdad no hay libertad auténtica ni convivencia posible. Por ello, la gran tarea de nuestro tiempo consiste en rescatar nuestra capacidad de pensar y decidir: menos consignas y más hechos; menos ruido y más criterio; menos intereses particulares y un compromiso firme con un horizonte de futuro al servicio de toda la sociedad. A la democracia ha de responderse con más democracia, con juego limpio, con votos legales.
Para complementar a Denis Diderot, nada mejor que recurrir a un coetáneo suyo, el erudito gallego Fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro (Ourense, 1676 - Madrid, 1764), religioso benedictino y ensayista, que con su sabiduría concluyó en su Teatro crítico universal que «la política más fina y más segura, aún para lograr las conveniencias de esta vida, es la que estriba en justicia y verdad».
Juego limpio, señores, y que gane el mejor para España. Los trenes, cuando son seguros, pasan solo una vez y no siempre ocurre que lleguen con bien a su destino. Votar es el antídoto contra la demagogia, de cualquier color.
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